En seres

Vivimos en el cuarto que se llama «de servicio», con nuestra cama entre muchas cajas de jabón y vinos. Mi mamá ayuda a la señora Segovia en su casa: barre, trapea, hace la comida, lava la ropa, y cada vez que los patrones van al partido, cuida a los niños. Esteban es el mayor de todos, incluso es dos años más grande que yo. Me han descubierto dos veces mirándolo y me muero de vergüenza. Soy blanca, pero en esos momentos me pongo roja. Esteban quiere ser escritor y es muy bueno. Cuando está en la escuela, entro en su habitación con el pretexto de limpiar, pero leo su diario. Ya sé que no le gusta cuando su mamá cocina, pero ama las albóndigas que prepara la mía; que no le gusta cuando su tío Ramón y su familia vienen de visita porque son todos unos entrometidos; que le va a las Chivas y al Real Madrid, pero eso ya lo sabía por las camisas que usa. Va a viajar a Canadá en dos semanas y celebrará allí su cumpleaños. Cumplirá catorce. He visto todo en su diario, pero nunca he visto mi nombre.

Limpiar la ventana que da a la piscina es lo más difícil de mi vida. Es tan grande. Cuando creo que he terminado de limpiarla, mi mamá dice cosas como «todavía veo huellas de dedos, hija» o «todavía veo algunas manchas del trapo». Mi mamá termina por limpiarlas. Luego hay que lavarla por el otro lado. Prefiero mil veces limpiar frijoles o pelar tomates, o partir leña en San Miguel de Hidalgo, donde vivíamos antes. Vivir con los Segovia es divertido, siempre y cuando mi mamá no esté cansada, que es casi siempre. Por las noches le duele la espalda, aunque no me lo dice. Está triste, aunque no me lo dice. Una vez cada dos meses vamos a San Miguel. Yo quisiera ir a Canadá, Esteban ha estado allí cinco días.

El camino para llegar a San Miguel está lleno de curvas. Nunca sabes qué vendrá, incluso si conoces el lugar y has ido mil veces. El camino cambia, aunque lo conoces. Para evitar marearme, tomo una pastilla. A veces me siento como el autobús en el que vamos, todos me evitan. Ya no me gusta venir. No sé nada de Esteban cuando estoy en San Miguel.

La casa de mis abuelos es mucho más grande que la de los Segovia, pero no tiene esos lujos. Es más oscura, la otra más blanca. Por la noche solo se escuchan los sonidos de los insectos y el viento. Se me ocurren todo tipo de historias cuando hay esa combinación de vida y aire: que soy rica, que soy hermosa, que juego en el Real Madrid. Pero por la mañana, todo eso que imaginé en la noche parece una tontería. Las cosas reales suceden durante el día. Yo soy una noche para los demás.

Los Segovia ya no quieren que haya dos camas en el cuarto de servicio; dicen que no son necesarias. Ya no quieren que mi mamá me grite para que le ayude. Ya no quieren que hable de mí con Esteban. Ya no quieren que hable conmigo después del trabajo. Los Segovia ya no quieren que mi mamá trabaje para ellos. Esteban no va a regresar a la casa. Hoy me enteré de que ni siquiera está en Canadá.

Esta semana la casa ha quedado vacía. Mi mamá y yo somos tan felices. Ponemos la música que nos gusta a todo volumen, gritamos y nos vestimos como queremos. Un día decidimos no hacer limpieza, simplemente charlamos. Por accidente rompí un cuadro de Ramón, el tío de Esteban. Mi mamá me regañó severamente, nunca lo había hecho así, me gritó histérica; pero por la noche nos abrazamos y lloramos juntas. Esteban, ¿te importo?

Me duele tanto lo que los Segovia le han hecho a mamá. Hoy la sacaron de la casa por la fuerza. Nadie le habló. Mandaron a unos hombres para sacarla, los envió el tío Ramón. Él nunca nos quiso. «Señora Mari», le gritaron. Mi mamá se escondió en la habitación de la señora Segovia. Cuando llegaron allí, ella abrazaba un retrato de Esteban. «Señora, tiene que acompañarnos, por favor, venga», le dijeron. Mi mamá me gritó, ¡hija! Fue aterrador, nunca me había gritado así. Lloraba.

En el hospital le explicaron que yo había muerto hace tiempo. «No», les respondió gritando, «no, no, no está muerta, déjenme». Pero no la dejaron. No le hicieron daño, pero no la entendieron. No comprenden que sigo viva dentro de mi madre. Con las pastillas, me olvidó por un tiempo. Así estuvo durante algunos años, pero ya no.

Mi madre se comporta muy bien. Ya no toma pastillas. Vive una vida normal como cualquier persona: camina, toma café, sonríe, conversa, lee. Trabaja en atención al cliente. Ya no le habla a nadie de mí. Me protege. Por las noches, escribe todo lo que le dicto, como siempre lo ha hecho, y lo escribe correctamente. Un día me casaré y podremos tener un hijo que será nuestro nieto.

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